Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto, que escalar poco a poco, sin caer pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero sentir. Prefiero un perro a un gato. Prefiero una noche y bella, sucia y hermosa, a un montón de días que no dicen nada. Prefiero el mar a la montaña. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore.
La vida es una noche acostada en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñar despierta. Y la noche, siempre la noche. Porque es mágica, me pone en movimiento, me hace vivir, olvidar, rompe reglas. Prefiero las noches frescas de verano, andar con poca ropa, tirarme en el suelo y sentirme viva. La noche me da sueño. Me recuerda que soy mortal, me recuerda que soy normal.
Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que me dan sus dulces besos y la suave caricia de su piel caliente.

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